lunes, abril 03, 2006

El tren del amor



Hace unos meses los medios se hacían eco de que algunas líneas de metro y ferrocarriles de Tokyo habían habilitado vagones exclusivos para mujeres (llamados ” Josei Senyō Sharyō / 女性専用車両 “) con el fin de prevenir el manoseo de pervertidos, cosa muy habitual por esas tierras (a esto se le conoce como ” chikan / 痴漢 “). En España (y prácticamente en el resto del mundo) tal problema es inimaginable: si osas a cogerle los pechos a una chica en el transporte público, lo menos que te puede pasar, si ella no está conforme (lo habitual a no ser que seas Michel Brown), es que te pegue tal ostia que te haga ver las estrellas. Pero en la sociedad japonesa el mantener las formas delante de los demás lo es todo. Las jóvenes (muchas sólo escolares -recordemos que allí la prostitución/pornografía infantil todavía no es tan perseguida, ni social, ni policialmente como en Occidente por razones culturales históricas-) aguantan o esquivan el chaparrón como buenamente pueden, intentando que nadie en el apretado vagón se percate de lo que sucede, para luego en su destino poner, en el mejor de los casos, la correspondiente denuncia. De ahí que estos vagones para féminas fueran una necesidad real y no, como pudiera a veces parecer, un capricho nipón para salir en los telediarios de medio mundo.

Hasta ahí todo casi-normal… pero los orientales nunca dejarán de sorprendernos. Recientemente un avispado empresario se percató del nuevo “nicho comercial” que se había creado: Cientos de antiguos acosadores, acostumbrados a palpar de forma obscena a las jóvenes indefensas, ya no tenían ningún sitio donde divertirse. Y ni corto ni perezoso abrió su negocio: El “Train Cafe“, justo a la salida de la estación Ikebukuro de Tokyo. Los clientes, tras pagar una cuota inicial de 5.000 yenes (35 euros), pueden disfrutar de un viaje en un vagón de tren simulado - al que no le falta ningún detalle - para que allí puedan poner en práctica - y legalmente - sus sucias fantasías sexuales (20 minutos por otros 5.600 yenes). Para un realismo absoluto hasta se anuncían las próximas paradas por megafonía, y las sumisas empleadas se comportan como lo harían las chicas japonesas en el “mundo real”, es decir, susurrando únicamente y muy bajito al oído de sus acosadores “Ah! Iyaaaa. Yamete kudasai.” (Ohh! Noooo, por favor no sigas!), para no ser descubiertas. La pintoresca experiencia, eso sí, me resulta un pelín cara. Pagar más de 60 euros para sólo ganarte el derecho de manosear pechos, culo y muslamen de las niñas… definitivamente… sólo se les podría ocurrir a los japoneses.

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